Ficcion · Relato
estrellas
Una suave luz ámbar iluminó el interior de su casco. Una advertencia se materializó en el costado superior derecho de su visor: "ALERTA: Brecha detectada en el
Por Luke Morgan
Ambientada en GALILEO (ESA)
Lo primero que Horacio Guerrero siente cuando vuelve en sí es un punzante dolor en la base del cuello. Instintivamente se lleva la mano hacia el área afectada, solo para topar con el casco rígido de su traje presurizado que lo mantiene a salvo en aquel mundo sin atmósfera. Con los párpados apretados, intenta calmarse y evaluar la situación.
—Diagnóstico de sistemas—dice en voz alta.
El OCI-H4 integrado en su traje responde instantáneamente. Los datos flotan frente a sus ojos en caracteres azul-verdosos, superpuestos al paisaje lunar desolado. Mientras su visión se enfoca en la información desplegada, una sensación de urgencia lo atrapa: cada segundo cuenta. El sudor perla en su frente mientras navega por los datos, tratando de encontrarles sentido en medio del caos de sus pensamientos. Respira profundamente y aprieta la mandíbula; no hay margen para errores ahora.
Uno por uno, los sistemas son evaluados y desplegados para su revisión. El resultado es satisfactorio—mejor de lo esperado. Los músculos artificiales de nanotubos del traje han absorbido el impacto sin daño estructural. Las celdas de combustible de hidrógeno lunar mantienen un 97% de capacidad. El procesador cuántico central opera dentro de parámetros normales. Horacio se relaja por primera vez desde que comenzó la evaluación del sistema. Una ligera sonrisa aparece en su rostro mientras se da cuenta de que sus esfuerzos de mantenimiento preventivo han valido la pena.
Es entonces cuando mira a su alrededor por primera vez y toma conciencia del caos circundante. El TAE-Rutherford-E2 "Ares"—o lo que queda de él—yace completamente destruido. Los escombros se extienden en un radio de más de cien metros, con fragmentos de aleaciones de titanio-vanadio flotando lentamente en la tenue gravedad lunar. Piezas del fuselaje de nanotubos de carbono han sido dispersadas como pétalos metálicos sobre el regolito grisáceo. En el silencio profundo del espacio, los únicos sonidos son los de sus propios pasos y su respiración, amplificados por los sistemas de audio del traje mientras recorre la zona de impacto.
Sin perder tiempo, Horacio comienza a buscar cualquier pieza de equipo que le permita mantenerse vivo o restablecer comunicaciones con Galileo, el complejo de la ESA que lo envió en lo que debería haber sido una misión rutinaria de mantenimiento de telescopios. La ironía no se le escapa: el transporte más avanzado de Weldon, diseñado para manufactura aeroespacial de precisión, ahora es chatarra esparcida bajo las estrellas.
Acelera el paso. Aunque su traje lo protege del vacío, sabe que los sistemas de soporte vital no están diseñados para mantenerlo con vida indefinidamente. Su OCI-H4 susurra en su oído interno: "Autonomía restante: 14.7 horas en modo conservación óptima". Mientras se mueve entre los escombros, navegando por los fragmentos con la gracia que solo permite la gravedad lunar reducida, una voz conocida resuena en su comunicador.
—Horacio, ¿me escuchas?
Es la voz de su compañera, la doctora Ana Flores, transmitida a través del enlace de entrelazamiento cuántico desde Galileo.
—Sí, Ana, te escucho—responde Horacio, aliviado de escuchar una voz humana. La comunicación cuántica elimina el molesto retraso que caracterizaba las transmisiones de radio convencionales.
—¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda médica inmediata?
—Estoy bien, Ana. Pero necesito que me informes de la situación.
—El accidente fue causado por una sobrecarga en el reactor RTLSF de la nave. Los datos preliminares indican que una cascada de fallas en los sistemas de refrigeración de helio-3 generó una reacción en cadena térmica. El MPH-He3 entró en resonancia destructiva antes de que los limitadores de emergencia pudieran activarse. Ahora mismo estamos desplegando una misión de resc—
Silencio cuántico. Ni siquiera estática.
—¿Ana? ¿Me escuchas?
Más silencio.
—Maldición, se perdió el enlace cuántico—se lamentó Horacio. Esto era más serio de lo que pensaba. Las comunicaciones cuánticas no fallaban por interferencia—si se habían perdido, significaba que algo había dañado físicamente los cristales de fosfuro de indio en su equipo, o que Galileo había cortado deliberadamente la comunicación.
Continuó su búsqueda por los escombros con renovada urgencia. Mientras buscaba, su mente repasaba las posibilidades de supervivencia. Sin comunicaciones cuánticas, dependía completamente de los sistemas de rescate convencionales. Su OCI podría mantener una baliza de emergencia activa, pero las tormentas solares frecuentes podían interferir con las señales de radio durante días.
Con determinación, Horacio se adentró en los restos más grandes del transporte, donde el compartimento de comunicaciones secundarias podría haber sobrevivido al impacto inicial. El tiempo apremiaba, pero no podía permitirse el lujo de perder la única oportunidad de contactar con el mundo exterior.
En medio de la destrucción, localizó los extremos retorcidos del panel de comunicaciones de respaldo. En su afán por alcanzarlo, tropezó con una viga de aleación KREEP deformada por el impacto. Cayó torpemente sobre su costado, el momentum lunar llevándolo en una trayectoria lenta pero inexorable contra los restos del área de carga. Se estrelló con un ruido sordo que reverberó a través de la estructura de su traje.
Pasado el sobresalto inicial, se palpó el traje sistemáticamente, activando el protocolo de auto-diagnóstico completo. Respiró tranquilo cuando todos los sistemas reportaron integridad nominal. "Falsa alarma", se dijo a sí mismo para darse ánimo, sonriendo nerviosamente mientras intentaba incorporarse en la gravedad reducida.
De pronto, una suave luz ámbar iluminó el interior de su casco. Una advertencia se materializó en el costado superior derecho de su visor: "ALERTA: Brecha detectada en el sistema de presurización". El indicador parpadeó suavemente, totalmente ajeno a la desesperación que invadió a Horacio. La esperanza fútil de haber salido indemne de su pequeño accidente se evaporó cuando comprendió que la situación había pasado en segundos de peligrosa a letal.
Su corazón latía con fuerza mientras intentaba estabilizarse de nuevo. El OCI de su traje desplegó un esquema tridimensional de los sistemas de presurización, destacando en rojo pulsante una zona en su espalda baja, completamente fuera de su alcance manual. Los sensores indicaban una fisura microscópica en la capa externa de nanotubos de carbono—probablemente causada por un fragmento afilado durante la caída.
—Tasa de pérdida atmosférica: 0.3% por minuto—informó su OCI con voz artificialmente calmada—. Estimación de supervivencia en condiciones actuales: 4.7 horas.
—Debe ser una fisura pequeña—murmuró Horacio, mientras su mente analista buscaba desesperadamente una solución. El problema era accesibilidad: los kits de reparación de emergencia estaban diseñados para daños frontales y laterales, no para la zona dorsal donde la flexibilidad del traje era mínima.
—Maldición, Ana, cuento contigo. No me queda mucho tiempo—murmuró lúgubremente, rogando por un milagro mientras sus manos temblaban ligeramente.
Tras veinticinco minutos desesperantes, Horacio se dio por vencido con el equipo de comunicaciones secundarias. Los sistemas de radio convencionales habían quedado completamente destruidos en el impacto, y su traje había entrado automáticamente en "modo supervivencia", redirigiendo toda la energía disponible a los sistemas vitales y sellado de emergencia. Su única esperanza era que los técnicos de Galileo pudieran extrapolar el radio de búsqueda a partir de la última posición conocida del Ares y ejecutar una búsqueda visual con sus EVE-Cassini.
—Reservas atmosféricas: 47%—anunció su OCI.
—Línea de terminación inminente—informó el sistema de su traje, haciendo referencia a la línea que separa la parte iluminada de la Luna de la región en sombras.
—Perfecto, lo que me faltaba—se lamentó, comprendiendo que una vez que la línea de terminación lo alcanzara, quedaría completamente a oscuras. Los sistemas de búsqueda visual de los vehículos de rescate serían prácticamente inútiles en la oscuridad absoluta de la noche lunar.
—Reservas atmosféricas: 31%.
Apoyado contra los restos del sistema de protección térmica del Ares, ya podía advertir el avance de la línea a simple vista. Los dramáticos efectos de luz y sombra marcaban su progreso sobre los cráteres lunares circundantes como una ola de oscuridad cósmica. Moviéndose a su ritmo inexorable de diez metros por segundo, se encontraba a poco más de tres minutos de cubrirlo en un manto de negrura total.
—Vaya si no es una hermosura—murmuró amargamente Horacio, quien en otras circunstancias habría estado extasiado observando este fenómeno astronómico.
—Reservas atmosféricas: 17%.
Cuando el manto de la noche finalmente lo cubrió, Horacio suspiró resignado. La oscuridad era absoluta—más profunda que cualquier noche terrestre, sin atmósfera que dispersara la luz estelar. La única fuente de iluminación provenía ahora de la pantalla de su traje, que continuaba informando meticulosamente el descenso de sus reservas de oxígeno. La pérdida total de referencias visuales lo había dejado en un estado de desorientación espacial completa. Su respiración se había vuelto más rápida y agitada—no por pánico, se dijo, sino por la respuesta fisiológica automática a la hipoxia incipiente.
Con cada latido de su corazón, podía sentir físicamente cómo el oxígeno se agotaba. Sabía que solo le quedaban unos pocos minutos de conciencia y decidió no luchar contra lo inevitable. Se deslizó hacia el suelo con la gracia lenta que permitía la gravedad lunar, sintiendo cómo el regolito polvoriento se acomodaba bajo su peso.
—Reservas atmosféricas: 2%.
Creyó escuchar algo—el rugido lejano de motores de plasma quizás—pero allí no había nada excepto muerte y silencio. Entrando y saliendo de la inconsciencia, le asaltó la certeza de que nunca en su vida había contemplado un espectáculo más maravilloso. Las estrellas brillaban con una intensidad imposible en la atmósfera terrestre, cada una un sol distante, cada una un mundo en sí mismo. Sin la interferencia atmosférica, el cosmos se desplegaba ante él en toda su gloria primordial.
Una estrella fugaz se movía entre las estrellas—demasiado lenta para ser un meteorito, demasiado brillante para ser un satélite.
Muy tarde para pedir un deseo, pensó Horacio, mientras la consciencia se desvanecía.
Pero no demasiado tarde para un EVE-Cassini-A4 equipado con sensores térmicos de última generación y un OCI-S6 que nunca se rinde.
La luz se hizo más brillante.