Ficcion · Relato
La Invitación Imposible
Tan pronto como la puerta terminó de deslizarse, Stephan notó que algo no iba del todo bien con la mujer: su atuendo no terminaba de encajar, y su actitud casi
Por Luke Morgan
Ambientada en OCULUS PRIME
Stephan se encontraba en su oficina, perdido en sus pensamientos mientras revisaba los acontecimientos del día. La fiesta había sido un éxito, atrayendo la atención de la prensa y muchos invitados interesantes. Su mayor anhelo, sin embargo, encontrarse cara a cara con un viajero del tiempo había quedado sin cumplirse. A pesar de que sabía que era una posibilidad remota, no podía evitar sentir un ligero pesar al pensar en la oportunidad perdida. Sin perder el entusiasmo, decidió concentrarse en los aspectos positivos: había disfrutado de una agradable conversación con amigos y colegas que hacía mucho que no veía, y la comida había sido excelente.
Estaba en eso cuando la luz nacarada que indicaba la presencia de alguien fuera de su habitáculo comenzó a parpadear suavemente. ¬¬¬ Hum, que extraño – pensó Stephan, quien no esperaba visitas de nadie, especialmente a esa hora. Movido por la curiosidad se levantó y atravesó el par de habitaciones que lo separaban del acceso principal. La pantalla ubicada a la derecha de la puerta mostraba una mujer joven, de unos 35 años, que miraba alternativamente a izquierda y derecha, como si a cada momento esperara ver aparecer a alguien. Toda la situación era sumamente inusual, pero, aunque reticente, decidió oprimir la pantalla y accionar la puerta.
Tan pronto como la puerta terminó de deslizarse, Stephan notó que algo no iba del todo bien con la mujer: su atuendo no terminaba de encajar, y su actitud casi paranoica lo hacían sentir que quizás había cometido un error al apresurarse al abrir la puerta sin tener más detalles.
-Buenas noches- comenzó Stephan, tratando de mantenerse calmado. – ¿En que la puedo ayudar?
La mujer fijó su mirada en Stephan, casi como estudiándolo, evaluando al hombre que tenía al frente. Finalmente, luego de unos incómodos segundos de silencio, pareció sentirse lo suficientemente cómoda como para empezar a hablar.
– Usted es el Doctor Stephan Wendell, ¿no es así?
–Efectivamente, soy el Doctor Wendell. ¿Y usted es…?- dejó la pregunta flotando en el aire, y la mujer, en apariencia no muy segura de cómo proceder, finalmente respondió. - Mi nombre es Beatrice Palmiotto Doctor Wendell, y la razón por la que estoy aquí es el evento que uste ha organizado y que ha tenido lugar el día de hoy. -
–¿Se refiere usted a la fiesta para los visitantes del futuro? No recuerdo haberla visto…- balbuceó Stephan cada vez más confundido, pues no lograba establecer la relación entre la fiesta que, medio en serio medio en broma había organizado para los visitantes del futuro presentes en la luna, y aquella mujer de pie frente a él. En este punto estaba tratando de encontrar una excusa razonable para terminar aquella bizarra conversación de la manera más educada posible.
–No me ha visto doctor, porque no he estado presente- respondió Beatrice, de manera críptica. –Yo, nosotros…bueno, recibimos su invitación– dijo, casi en un murmullo, sus ojos anhelantes fijos en Wendell buscando la comprensión del científico en las palabras que había pronunciado.
Stephan ya había tenido suficiente. Definitivamente había algo raro en esa mujer, y no pensaba seguir perdiendo el tiempo con alguien que emitía un aura tan extraña. Estaba a punto de despachar a su extraña visitante cuando de pronto algo encajó en su cerebro, su columna se tensó y calambres de nerviosismo comenzaron a recorrer su estómago: “recibimos su invitación…” quería decir eso que… no podía ser, ¿o sí?
Beatrice notó de inmediato el cambio en Stephan: pasó de mostrarse levemente incordiado a un estado de sorpresa que iba en aumento; de pronto pareció como si la estuviera viendo por primera vez ahí, de pie a la entrada de su habitáculo, tratando de revelarle una verdad que era demasiado espectacular como para asimilarla de una vez. Casi podía ver la mente desbocada del científico tratando de encontrar las palabras para describir lo que su mente racional se negaba a reconocer. Decidió esperar, pero la impaciencia la hacía morderse el labio y estrujarse las manos, mientras se balanceaba sobre sus pies, esperando.
Finalmente, Stephan recuperó la suficiente presencia de ánimo como para reaccionar. Se aclaró la garganta y pareció darse cuenta de que aún estaban parados en el umbral de su departamento. –Señorita… Beatrice, ¿no? Por favor, adelante- hizo el ademan de moverse a un costado para dejar pasar a Beatrice, sin dejar ni por un segundo de observarla intensamente, como si de un momento a otro le hubiese salido una segunda cabeza y 6 patas en la espalda.
Beatrice se adelantó y tomó asiento en uno de los sillones que había en la sala, seguida de Stephan que se acomodó en un segundo sillón frente a ella. Tan pronto lo hubo hecho pareció recordar algo y se puso de pie como impulsado por un resorte. – ¿Desea tomar algo? ¿Tal vez algo de comer? No si tengo comida fresca… ¿qué puedo ofrecerle? - Stephan no sabía que hacer consigo mismo y recorría el trayecto entre la sala y la cocina sólo para devolverse a medio camino mientras trataba atropelladamente de comunicarse con Beatrice. Esta lo miraba divertida entendiendo el estado en que se encontraba, de manera que decidió darle una mano al pobre científico.
– No se preocupe Doctor Wendell, estoy bien así; muchas gracias- le dijo y Stephan se detuvo, la miró por un momento y pareció comprender que se estaba comportando como un chiquillo. Inspiró, dejo salir ruidosamente el aire y se encaminó lentamente hacia la sala para retomar asiento frente a Beatrice. –Bien, usted dirá señorita Palmiotto, soy todo oídos- dijo Stephan en tono cansino, pero con una expresión en los ojos que desbordaba curiosidad y anticipación.
– Bien, Doctor Wendell, como ya le he dicho mi nombre es Beatrice Palmiotto, con E final y doble T. Soy ingeniera e historiadora, lo cual me hacía una candidata perfecta para esta… misión – Stephan estaba completamente entregado a la narración de la mujer.
– Lo que estoy a punto de decirle podría parecer una fantasía, pero le aseguro Doctor Wendell, no lo es- Stephan tragó saliva, pero mantuvo un silencio estoico intentando no interrumpirla. Simplemente se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza, invitando a la mujer a continuar.
Beatrice tomo aire antes de continuar. – Mis especialidades son ingeniería en navegación espacial e historiografía temporal, con una especialización en investigación chrononómica. He trabajado ya por muchos años en el Centro de Investigación en Tiempo y Espacio, y la labor que realizo allí me calificó para poder visitarle.
– Doctor Wendell, este Centro de Investigación es parte de una instalación más grande, ubicada en el cráter Utopía…en Marte. Yo misma nací en Marte, en el año 97LO, que vendría a ser el año terrestre 2194, y el año… 232, en horario lunar estándar.
Beatrice hizo una pausa, permitiendo a Stephan un momento para digerir la información. La lucha interna del científico era evidente, quien a duras penas mantenía la calma. Aun así, se las arregló para mediante un gesto invitar a la historiadora a continuar con su relato.
– Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha soñado con viajar a través del tiempo. Ha sido un desafío constante para nuestra mente y para nuestra tecnología. Tardamos, pero finalmente lo logramos Doctor Wendell. Logramos romper las barreras que nos impedían explorar nuestro pasado y moldear nuestro futuro. – Beatrice lucía radiante, sus ojos brillaban con la emoción del descubrimiento. – Nos adentramos en el tiempo con la determinación de un navegante, buscando respuestas a las preguntas más profundas de la existencia humana. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué nos espera en el futuro? Miramos hacia atrás en el camino recorrido y hacia adelante hacia el futuro que aún nos espera. El futuro que hemos creado con nuestra propia tecnología, nuestra determinación y nuestra visión. –
Beatrice, inclinada hacia adelante en su sillón, gesticulaba con sus manos con expresión seria pero emocionada al mismo tiempo. Su voz fuerte y clara era al mismo tiempo cálida y acogedora, envolviendo por completo a Stephan, que parecía estar viendo el futuro ahí mismo, en la sala de su habitáculo.
– Hoy, aquí, en este momento Doctor, estoy orgullosa de decir que ese sueño se ha hecho realidad. En el siglo 22, la física temporal finalmente nos permitió concretar la posibilidad de viajar en el tiempo. Y yo, como historiadora temporal, he tenido la oportunidad de explorar el pasado, presenciar acontecimientos históricos y traer de vuelta conocimientos que han ayudado a moldear el futuro.
Es una sensación increíble saber que podemos ser testigos de la historia, no solo leer acerca de ella en los libros, ¿sabe usted? Y aún más asombroso es pensar en todas las posibilidades que esto abre para el futuro. ¿Quién sabe qué descubrimientos podemos hacer, qué problemas podemos resolver, qué futuro podemos moldear con el conocimiento del pasado?
Este es el comienzo de una nueva era en la historia de la humanidad. Una era en la que podemos viajar en el tiempo, conocer nuestro propio futuro y moldear nuestro destino. Y estoy emocionada de ser parte de esta revolución. –
Beatrice se arrellanó en el sillón, cruzó sus piernas y apoyó las manos sobre sus muslos, satisfecha con su pequeño discurso. Stephan, por su parte, parecía ir saliendo lentamente de un trance místico. Le costo un momento despejarse por completo.
– Ahora, si no le molesta Doctor Wendell, si le agradecería un vaso de agua. Tanto hablar me ha secado la garganta. – Sonrió suavemente.
– Por supuesto, no faltaba más. Y llámeme Stephan, por favor. –
De vuelta en su sillón, Stephan tenía un millón de preguntas en su cabeza. Esperó pacientemente a que Beatrice terminara su vaso de agua, y cuando hubo acabado sintió que era el momento adecuado.
– Bueno, Beatrice…¿ puedo llamarla Beatrice? Gracias.