Ficcion · Serial
El horizonte de la Noche - p2
Volvieron a moverse. Y Leo trató, realmente trató, de no pensar. Siguió el drone. Contó pasos. Se concentró en el ritmo mecánico de empujar y flotar y aterrizar
Por Luke Morgan
Ambientada en OCULUS PRIME
El rover desapareció en la oscuridad de la fosa con un silencio que a Leo le pareció obsceno. En la Tierra, habría habido un estruendo, el chirrido de metal contra roca, algo. Aquí solo hubo ese descenso mudo hacia las profundidades de C16, como si la Luna simplemente se hubiera tragado su única oportunidad de volver a casa.
Leo se quedó congelado, mirando el borde del precipicio. Su cerebro, generalmente tan rápido para procesar datos y sacar conclusiones, se había quedado en blanco. No puede ser. No puede estar pasando esto.
—Señor Gomez. —La voz de Currey sonó metálica a través del intercomunicador, trayéndolo de vuelta a la realidad—. Señor Gomez, necesito que respire.
Leo se dio cuenta de que estaba hiperventilando. Podía escuchar su propia respiración acelerada rebotando dentro del casco, cada inhalación consumiendo oxígeno precioso que ahora era finito de una manera que antes no lo era.
—Tranquilo. Respire lento. Uno, dos, tres... así. —Currey había caminado hasta él y lo tenía tomado por los hombros—. Míreme. Míreme a los ojos.
Leo obedeció. Los ojos de Currey eran de un gris acero que en ese momento transmitían una calma que Leo definitivamente no sentía.
—Esto no ha terminado, ¿entiende? Tenemos opciones.
—¿Opciones? —Leo sintió que su voz salía más aguda de lo que pretendía—. ¡Nuestro vehículo acaba de caer trescientos metros! ¡Estamos varados en medio de la nada con la noche pisándonos los talones!
—Lo sé. Pero el pánico nos va a matar antes que cualquier otra cosa. —Currey lo soltó y dio un paso atrás—. Dígame: ¿cuánto oxígeno nos queda?
Leo parpadeó. Automáticamente, su cerebro volvió a funcionar, buscando números, datos, algo sólido a lo que aferrarse.
—Yo... mi tanque está al 84%. El suyo debe estar...
—87%. —Currey ya estaba revisando su HUD—. ¿Cuánto tiempo nos da eso?
—Depende del consumo. Si nos mantenemos calmados, respiración normal... tres horas y media. Tal vez cuatro si tenemos suerte.
—¿Y cuánto nos tomaría volver caminando?
Leo hizo el cálculo mentalmente, aunque ya lo sabía de memoria.
—Son 21.7 kilómetros. A 4.5 kilómetros por hora... —tragó saliva—. Cuatro horas y cuarenta y ocho minutos. Sin contar descansos.
Hubo un silencio. Leo esperaba que Currey entrara en pánico, que empezara a gritar o a maldecir, pero el militar simplemente asintió, como si estuviera procesando datos de una misión más.
—¿Y la Terminator Line?
Leo miró hacia el oeste. Las sombras ya cubrían la base del cráter, escalando las paredes como una marea negra. Hizo un cálculo rápido.
—Cuatro horas. Tal vez menos.
—Entonces no llegamos caminando.
—No. —Leo sintió que el pánico empezaba a trepar de nuevo por su garganta—. No llegamos.
Currey se quedó inmóvil por un momento, y Leo pudo ver a través del visor que el hombre estaba pensando. Probablemente calculando cuál de los dos tiene más probabilidades de sobrevivir si dejamos al otro atrás, pensó Leo con amargura.
—El drone —dijo Currey de repente.
—¿Qué?
—El drone pequeño, el que estaba usando para buscar al grande. ¿Sigue funcionando?
Leo tardó un segundo en procesar la pregunta. Automáticamente miró hacia donde había dejado la maleta de control. Estaba tirada a unos metros, donde la había soltado cuando empezó a correr hacia el rover.
—Sí, debería... —caminó hacia ella, la recogió—. Sí, sigue activo. ¿Por qué?
—Porque ese pequeño bastardo puede ir más rápido que nosotros y tiene baterías. —Currey se acercó—. ¿Puede volar de regreso a la estación?
—En teoría sí, pero... —Leo frunció el ceño—. ¿De qué nos sirve eso? No nos va a llevar a nosotros.
—Podríamos enviarlo de regreso a Oculus —dijo Currey. Su voz tenía ese timbre metálico que deja el miedo cuando se instala en la garganta.
—Podríamos —repitió Gome-Glutz, sin apartar la vista del dron. Sus dedos tamborileaban sobre el maletín de control con el ritmo exacto de un corazón asustado: 92 BPM. El OCI médico se lo había informado hacía diez minutos, como si fuera un dato útil.
Currey activó su pantalla corneal. Los números ardían en su retina como acusaciones:
Autonomía dron DRN-347:
→ Alcance nominal: 40 km
→ Alcance con nivel de batería actual: 17.20 km
→ Distancia a Estación Oculus: 21.7 km
→ Probabilidad de llegada: 11%
—Once por ciento —murmuró Currey—. Es mejor que cero.
—Once por ciento es un funeral anticipado —respondió Gome-Glutz. Se giró hacia él, y en sus ojos había algo peor que desesperación: había cálculo—. ¿Sabe qué pasa cuando envías un dron con once por ciento de probabilidad?
Currey no respondió. Gome-Glutz continuó de todos modos:
—Pasa que pierdes el dron. Y cuando Weldon revise los logs, verán que gastamos nuestra última bala en un gesto. Un gesto bonito. Y cuando encuentren nuestros cuerpos dentro de tres meses, alguien escribirá en el informe: "Los tripulantes demostraron valentía al intentar contacto, pero carecieron de visión estratégica". ¿Sabes lo que eso significa en lenguaje OICE?
—Significa que nos jodimos —dijo Currey.
—Significa que jodimos al siguiente. Toda misión de rescate tiene un presupuesto. Si gastamos recursos en un once por ciento, la próxima tripulación en aprietos heredará nuestro error. SAR-L ajustará sus protocolos. Las auditorías apretarán las tuercas. Y alguien, en algún lugar, morirá porque nosotros elegimos el gesto sobre el cálculo.
Currey cerró los ojos. El silencio era del tipo que no se rompe, solo se desmenuza.
— Quizás no llegue, pero puede guiarnos. —Currey señaló hacia el horizonte este—. La ruta más directa de aquí a la estación, sin desviaciones, sin errores de navegación. En gravedad lunar, si empujamos, podemos movernos más rápido de 4.5 kilómetros por hora.
—¿Correr? —Leo casi se rió—. ¿Me vio? Yo no... no estoy exactamente en forma para un maratón lunar.
—No estamos hablando de un maratón. Estamos hablando de sobrevivir. —Currey lo miró directamente—. Escúcheme, Gomez. He visto a hombres hacer cosas imposibles cuando la alternativa era morir. Y usted no va a morir aquí, ¿me entiende? Ni usted ni yo.
Había algo en la voz de Currey, una certeza absoluta que Leo encontró casi ofensiva en su optimismo. Pero también, por primera vez desde que el rover había caído, sintió que tal vez, solo tal vez, había una salida.
—Está bien —dijo Leo, aunque su voz aún temblaba—. Está bien. ¿Qué necesita que haga?
—Programe ese drone. Ruta directa a la estación, velocidad constante que podamos seguir. Y luego nos movemos.
Leo asintió y se arrodilló junto a la maleta. Sus dedos, torpes dentro de los guanteletes hápticos, comenzaron a trabajar en la interfaz. El drone pequeño zumbó y se elevó a dos metros de altura.
—Listo —dijo después de un minuto—. Lo tengo programado a 6 kilómetros por hora. Es agresivo, pero...
—Es lo que necesitamos. —Currey ya estaba revisando su equipo—. ¿Listo para moverse?
Leo se incorporó, sintiendo el peso del traje, la rigidez de las articulaciones, el sudor que ya empezaba a acumularse en su frente.
—Tan listo como voy a estar.
—Entonces vamos.
El drone comenzó a moverse y, detrás de él, Leo y Currey empezaron a caminar. O más bien, a algo entre caminar y trotar que en la gravedad lunar se sentía como flotar en cámara lenta. Cada paso era un empuje contra el regolito que lo lanzaba más lejos de lo que esperaba, y Leo tuvo que concentrarse para no sobrepasarse y caer de bruces.
"Si Dios hubiera querido que trotara", pensó Leo amargamente mientras sentía sus músculos protestar, "me hubiera dotado con la voluntad para pararme de mi escritorio".
Pero siguió moviéndose, porque la alternativa era quedarse quieto y morir.
Los primeros treinta minutos no fueron tan terribles. El drone zumbaba adelante, una pequeña luz parpadeante que marcaba el camino, y Leo descubrió que si encontraba un ritmo —empujar, flotar, aterrizar, repetir— podía mantener el paso sin colapsar inmediatamente.
Currey se mantenía a su lado, monitoreando constantemente su HUD y el horizonte.
—¿Cómo va? —preguntó después de un rato.
—Vivo —jadeó Leo—. Apenas, pero vivo.
—Eso es suficiente. —Currey miró hacia atrás—. La sombra se está acercando. Hora y media, calculo.
Leo no quiso mirar. Mantener los ojos en el drone, en el siguiente paso, en el suelo irregular que se extendía infinitamente delante de ellos. No pienses en la sombra. No pienses en el frío. No pienses en el oxígeno que baja con cada respiración.
—Señor Gomez, su respiración está muy acelerada. Necesita calmarse.
—¿Calmarme? —Leo casi se rió—. ¿Cómo quiere que me calme? ¡Estamos corriendo contra la noche!
—Si sigue respirando así, no va a llegar. El oxígeno...
—¡Ya sé lo del oxígeno! —estalló Leo—. ¡Soy científico, no idiota! Sé exactamente cuántos minutos me quedan antes de que este tanque me empiece a dar dióxido de carbono en lugar de aire. ¡Sé que cada segundo cuenta! ¡Y sé que no voy a lograrlo!
Se detuvo, doblado sobre sí mismo, sintiendo que el traje de repente era demasiado pequeño, demasiado apretado, una prisión gris con blanco que lo iba a matar.
Currey se detuvo también. Por un momento, no dijo nada. Luego:
—¿Sabe qué es lo que me enseñaron en entrenamiento básico?
Leo levantó la vista, confundido por el cambio de tema.
—¿Qué?
—Que la mente se rinde antes que el cuerpo. Siempre. —Currey señaló hacia adelante—. Su cuerpo puede seguir, Gomez. Pero su mente ya decidió que no puede. Y eso es lo que lo va a matar, no el oxígeno.
—No entiende...
—Entiendo perfectamente. —La voz de Currey era firme pero no cruel—. Usted es brillante. Probablemente más inteligente que cualquier persona con la que he servido. Pero justo ahora, toda esa inteligencia lo está saboteando porque está calculando todas las formas en que podemos morir.
Leo abrió la boca para protestar, pero se detuvo. Porque Currey tenía razón. Su cerebro había estado corriendo simulaciones desde que el rover cayó, cada una terminando con él asfixiado o congelado o perdido en la oscuridad.
—¿Y qué sugiere que haga? —preguntó finalmente.
—Deje de pensar. Sólo... muévase. Un paso, luego otro. No calcule las probabilidades, no piense en el final. Solo el siguiente paso.
Leo respiró profundo —o tan profundo como el traje le permitía— y asintió.
—Está bien. Está bien. Un paso.
—Eso es. Ahora vamos.
Volvieron a moverse. Y Leo trató, realmente trató, de no pensar. Siguió el drone. Contó pasos. Se concentró en el ritmo mecánico de empujar y flotar y aterrizar. Y por un tiempo, casi funcionó.
Hasta que el primer síntoma llegó.
Fue una náusea súbita, como si alguien hubiera girado su estómago noventa grados. Leo se tambaleó, casi cayendo.
—¿Gomez?
—Estoy... estoy bien —mintió Leo, aunque podía sentir el sudor frío en su espalda—. Solo... un mareo.
—¿Cuánta radiación hemos absorbido?
Leo revisó su HUD con dedos temblorosos.
—0.5 miliSieverts. No es... no debería ser suficiente para...
Pero incluso mientras lo decía, sintió otra ola de náusea. Y de repente supo exactamente qué estaba pasando.
—Maldición.
—¿Qué?
—La radiación solar. No son solo los números acumulados, es la exposición directa. —Leo se obligó a seguir moviéndose aunque cada paso ahora era una batalla contra su estómago—. Sin el rover, sin protección adicional... nos está afectando más rápido de lo que pensé.
—¿Qué tan malo es?
—Depende de cuánto tiempo estemos expuestos. —Leo tragó saliva, luchando contra la bilis que sentía subir—. Si seguimos así... una hora más, tal vez dos antes de que los síntomas sean serios. Vómitos, desorientación...
—Entonces nos movemos más rápido.
—No puedo...
—Sí puede. —Currey se movió junto a él, casi empujándolo—. Vamos, Gomez. Más rápido.
Leo quiso protestar, quiso decirle a Currey que lo dejara atrás, que salvara su propio pellejo. Pero en lugar de eso, apretó los dientes y aceleró el paso.
El drone seguía adelante, indiferente a su sufrimiento.
Cuarenta y cinco minutos después, Leo ya no estaba seguro de en qué dirección iban. El mundo se había reducido a una serie de sensaciones: el sabor metálico en su boca, el peso del traje que parecía duplicarse con cada paso, la luz del drone que de repente era demasiado brillante, demasiado intensa.
—Currey —logró decir—. No puedo... no puedo seguir.
—Sí puede.
—No. No puedo. —Leo se detuvo, doblándose sobre sí mismo. Tenía que vomitar, pero el traje... si vomitaba dentro del traje... —Déjeme. Siga sin mí.
—No.
—¡Es una orden!
—Usted no puede darme órdenes, señor Gomez. —Había algo casi divertido en la voz de Currey—. Yo soy el oficial de seguridad. Y mi trabajo es traerlo de vuelta vivo.
—Va a morir si se queda conmigo.
—Entonces moriremos juntos. —Currey lo agarró del brazo—. Pero no vamos a morir. Porque tengo una idea.
—¿Qué idea? —Leo apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Copernicus 12.
Leo tardó un momento en procesar las palabras. Luego su cerebro, incluso en medio de la neblina de náusea y agotamiento, hizo la conexión.
—El tubo de lava...
—¿Qué tan lejos está?
— 10.58km, en linea recta hacia el este. Pero... es un desvío. Nos alejamos de la estación.
—Nos da refugio. —Currey señaló hacia el oeste. La sombra ahora era una pared negra que avanzaba inexorablemente—. La temperatura ya bajó quince grados en la última media hora. Cuando la sombra nos alcance, va a caer otros ochenta. Los calefactores del traje pueden manejarlo, pero van a drenar el oxígeno tres veces más rápido.
Leo hizo el cálculo, aunque cada número parecía flotar en su cabeza como algo abstracto.
—Nos quedan... —miró su HUD— ...46% de oxígeno. A mi. Usted tiene 52%.
—Si seguimos expuestos al frío, no llegamos. Pero si podemos refugiarnos en el tubo de lava aunque sea una hora, dos...
—No ayuda. —Leo sacudió la cabeza, aunque el movimiento hizo que el mundo girara—. El oxígeno no se regenera. Además no conocemos la topografía de C12, ¿que tal si es un agujero sin fondo? Y nadie va a venir a buscarnos en la noche lunar.
—¿Está seguro de eso?
Leo lo miró, confundido.
—¿Qué?
—El drone. —Currey señaló a la pequeña máquina que todavía flotaba pacientemente adelante—. Puede transmitir una señal, ¿verdad?
—Sí, pero... —El cerebro de Leo, incluso empañado, empezó a procesar la idea—. Las paredes del tubo van a bloquear la señal. Es basalto sólido...
—Entonces lo enviamos a la superficie. Él transmite, nosotros esperamos.
Leo se quedó en silencio. Era una locura. Una locura absoluta. Pero también...
—Podría funcionar —admitió—. Si Molly está monitoreando... si logran captar la señal... hay protocolos SAR-L. Equipo de búsqueda y rescate.
—Entonces vamos.
—No garantizo que funcione.
—¿Y cuál es la alternativa? —Currey lo miró—. ¿Seguir caminando hasta que nos quedemos sin aire o nos congelemos?
Leo no tenía respuesta para eso.
—C12 —dijo finalmente—. Diez kilómetros al este. Espero que esté en lo cierto, señor Currey.
—Yo también, señor Gomez. Yo también.
Reprogramó el drone y, juntos, se desviaron hacia el este. La sombra seguía avanzando a sus espaldas, implacable como el tiempo mismo.
Llegaron a Copernicus 12 dos horas después. Leo estaba más allá del agotamiento, moviéndose por pura inercia mientras Currey prácticamente lo arrastraba los últimos metros.
La entrada al tubo de lava era exactamente como Leo la recordaba de los mapeos preliminares: un agujero de aproximadamente 30 metros de diámetro. No era grande, pero era suficiente,y afortunadamente para ellos no era un precipio sin fondo; sus bordes irregulares permitían el descenso.
—Adentro —ordenó Currey, y Leo no discutió.
El cambio fue inmediato. El interior del tubo estaba oscuro, pero las lámparas de sus cascos se encendieron automáticamente, cortando la negrura con haces de luz blanca. Y lo más importante: estaban fuera del alcance directo de la radiación solar.
Leo se dejó caer contra la pared de basalto y cerró los ojos. El alivio era casi doloroso.
—¿Cómo está? —preguntó Currey.
—Vivo. Creo. —Leo abrió un ojo—. ¿La temperatura?
—-45 grados Celsius afuera. Aquí adentro... -20. Los calefactores lo pueden manejar sin drenar el oxígeno.
—Pequeñas victorias. —Leo revisó su tanque—. 34%. Usted debe tener...
—40%. —Currey ya estaba en movimiento, explorando el tubo—. Dos horas. Tal vez dos y media si tenemos suerte.
—¿Y el drone?
Currey sacó la maleta de control que había estado cargando todo el camino.
—Eso depende de usted, científico. ¿Puede hacer que ese aparato transmita nuestra posición?
Leo se obligó a incorporarse, cada músculo protestando. Tomó la maleta con manos temblorosas y comenzó a trabajar.
—Necesito programarlo con las coordenadas exactas de nuestra posición. Luego va a volar a la superficie y transmitir en la frecuencia de emergencia. —Sus dedos volaron sobre la interfaz—. Problema: solo puede transmitir durante treinta minutos antes de que se le acaben las baterías.
—¿Es suficiente tiempo?
—Depende de si alguien está escuchando. —Leo terminó la programación y miró a Currey—. Si Molly está en la estación, si está monitoreando las frecuencias de emergencia... sí. Es suficiente.
—Entonces hágalo.
Leo envió el comando. El drone se elevó, voló hacia la entrada del tubo y desapareció en la oscuridad exterior.
Y entonces, no hubo nada más que hacer excepto esperar.
Los primeros quince minutos pasaron en silencio. Leo tenía las manos apretadas entre las rodillas, tratando de conservar el calor, aunque era todo un truco mental; sus manos, de haber estado expuestas al vacío lunar se hubiesen hinchado como globos antes de congelarse por completo.
—¿Alguna vez estuvo en una situación como esta? —preguntó finalmente.
Currey, que había estado revisando metódicamente cada sello de su traje, levantó la vista.
—¿Varado en la Luna con el oxígeno agotándose? No, esta es la primera vez.
A pesar de todo, Leo casi sonrió.
—Ya sabe a qué me refiero. ¿Situaciones de vida o muerte?
Currey se quedó callado por un momento. Luego:
— Kadiolo, sur de Mali, 2119. Mi pelotón quedó aislado durante una tormenta de arena que duró tres días. Sin suministros, sin comunicación, rodeados por hostiles. —Hizo una pausa—. Pensé que íbamos a morir ahí. Todos lo pensamos.
—¿Qué pasó?
—Sobrevivimos. No todos, pero... —Currey sacudió la cabeza—. La cuestión es que siempre hay una salida. Tal vez no es la que esperabas, tal vez no es bonita, pero está ahí. Solo tienes que seguir buscando.
Leo asintió lentamente. Luego:
—¿Por qué vino a la Luna? No parece... no sé, no parece su tipo de lugar.
Currey se rió, un sonido seco que sonó extraño en el espacio confinado.
—¿Mi tipo de lugar? ¿Y cuál sería ese?
—No sé. Algún lugar con gravedad completa. Atmósfera. Donde pueda respirar sin un traje.
—Tal vez por eso vine. —Currey lo miró—. Pasé veinte años en el ejército, Gomez. Veinte años siguiendo órdenes, luchando en guerras que no entendía por razones que nunca supe. Y un día me di cuenta de que ya no quería pelear en la Tierra. Quería... algo diferente.
—¿Y encontró eso aquí?
—Todavía estoy decidiendo. —Currey volvió su atención a su traje—. ¿Y usted? ¿Por qué vino un geólogo a la Luna?
Leo pensó en la pregunta. Era algo que se había hecho muchas veces, especialmente en los momentos difíciles.
—Porque aquí las rocas cuentan historias que en la Tierra ya se borraron. La Luna es... es como un libro de historia del sistema solar, sin editar, sin contaminar. —Hizo una pausa—. Y porque quería hacer algo que importara, ¿sabe? No solo publicar papers que tres personas leerían. Algo real.
—¿Y lo ha hecho? ¿Algo que importa?
Leo pensó en todas las muestras que había recolectado, todos los mapeos, todos los datos.
—No lo sé. Supongo que depende de si salimos de esta.
—Vamos a salir.
—Usted no puede saber eso.
—No. —Currey lo miró directamente—. Pero voy a actuar como si lo supiera. Porque la alternativa es rendirse, y yo no hago eso.
Antes de que Leo pudiera responder, su HUD emitió un pitido suave. Miró los números y sintió que su estómago se contraía.
—Oxígeno al 26%.
Currey revisó el suyo.
—29%. —Hizo una pausa—. Una hora. Tal vez noventa minutos.
—Y han pasado veinte minutos desde que el drone comenzó a transmitir.
—Lo que significa que si van a venir...
—Tienen que venir pronto. —Leo terminó la frase.
Volvieron a quedarse en silencio. Leo cerró los ojos y trató de no pensar en el oxígeno, en el frío, en la oscuridad que los rodeaba. Trató de no pensar en Molly, que probablemente estaba en la estación en ese momento, sin saber que él estaba aquí, esperando morir en un tubo de lava a tres kilómetros de donde se suponía que debía estar.
Lo siento, Molly, pensó. Siento no poder tener esa cena contigo.
El tiempo siguió pasando. Treinta y cinco minutos. Cuarenta. Cuarenta y cinco.
El drone dejó de transmitir a los cincuenta minutos. Las baterías se habían agotado.
—Eso es todo entonces —dijo Leo en voz baja—. No vienen.
—No lo sabemos.
—Han pasado cincuenta minutos. El drone transmitió durante media hora. Si alguien hubiera captado la señal...
—Tal vez la captaron pero necesitan tiempo para llegar. —Currey se levantó—. ¿Que le parece si intentamos explorar este lugar? Ver qué tan grande es.
—¿Para qué?
—Porque quedarse sentado esperando morir es una mierda. —Currey extendió una mano—. Vamos, científico. Enséñeme qué es lo que hace a este condenado tubo tan especial.
Leo lo miró, incrédulo. Luego, a pesar de todo, tomó la mano de Currey y se levantó.
—Está loco.
—Probablemente. Pero todavía estamos vivos. Así que vamos.
Comenzaron a moverse hacia el interior del tubo, sus lámparas cortando la oscuridad. Y lo que Leo vio lo dejó sin palabras.
El tubo se extendía mucho más allá de lo que los mapeos preliminares habían mostrado. No eran solo algunos metros: el techo se elevaba gradualmente hasta desaparecer en la oscuridad, y las paredes se expandían formando algo que casi parecía una caverna.
—Santo cielo —murmuró Leo.
—¿Qué?
—Esto es... esto es enorme. —Leo caminó más adentro, olvidándose por un momento del oxígeno, del frío, de todo—. Los mapeos decían que era un tubo pequeño, tal vez doscientos metros de longitud. Pero esto...
Se detuvo. Frente a él, el tubo se abría en una cámara gigantesca, fácilmente de trescientos metros de diámetro. Las paredes de basalto brillaban bajo la luz de sus lámparas, lisas y negras como cristal.
—¿Qué tan grande? —preguntó Currey, acercándose.
—No lo sé. —Leo estaba casi riendo ahora, una risa histérica que no podía contener—. Kilómetros tal vez. Esto podría... esto podría albergar un asentamiento entero. Miles de personas.
—¿Es común este tipo de formaciones?
—¿Común? —Leo sacudió la cabeza—. No. Esto es... esto es extraordinario. Ni siquiera sabía que existía algo así.
Se quedaron ahí, mirando la vastedad de la cámara. Y por un momento, Leo olvidó que estaban muriendo. Por un momento, solo fue un geólogo contemplando una maravilla natural que nadie antes había visto.
Luego su HUD emitió otro pitido. Oxígeno al 18%.
La realidad regresó como un puñetazo.
—Deberíamos volver a la entrada —dijo Currey en voz baja—. Por si...
No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
Caminaron de regreso en silencio. Bajar por el tubo era una cosa, pero escalar de regreso era otra muy diferente. Leo se sentó contra la pared otra vez, sintiendo el peso del agotamiento aplastarlo. Su oxígeno seguía bajando. 15%. 12%. 10%.
—Señor Currey —dijo cuando su HUD marcaba 8%—. Quiero que sepa que... aprecio que se quedara conmigo. No tenía que hacerlo.
—Sí tenía que hacerlo. —Currey estaba sentado frente a él, su espalda contra la pared opuesta—. Es mi trabajo.
—No, no lo es. Su trabajo era asegurar la misión. La misión fracasó cuando perdimos el rover. Después de eso... usted pudo haber intentado volver solo.
—Tal vez. —Currey se encogió de hombros—. Pero entonces hubiera sido un cobarde. Y ya he sido muchas cosas en mi vida, Gomez, pero cobarde no es una de ellas.
Leo sonrió débilmente.
—¿Sabe? Me caía mal cuando nos conocimos. Pensé que era otro militar inflexible sin sentido del humor.
—Y yo pensé que usted era un científico gordo y perezoso que no duraría cinco minutos en una situación real. —Currey hizo una pausa—. Me equivoqué.
—Yo también.
5%. Su respiración se estaba volviendo más difícil ahora, cada inhalación requiriendo más esfuerzo. Leo podía sentir el principio de la asfixia, esa sensación de pánico cuando el cuerpo sabe que algo está mal pero no puede hacer nada al respecto.
—Currey —logró decir—. Si... si yo no lo logro...
—Vamos a lograrlo.
—Pero si no...
—No.
3%. Leo cerró los ojos. Molly estaría preocupada. Su madre, de vuelta en la Tierra, probablemente ni siquiera se enteraría hasta que fuera demasiado tarde. Había tanto que quería hacer todavía, tanto que...
Y entonces escuchó algo.
Al principio pensó que era su imaginación, una alucinación inducida por la falta de oxígeno. Pero el sonido se hizo más fuerte, más claro. Una vibración, transmitida a través de la roca misma.
Currey lo sintió también. Se levantó de un salto.
—¿Qué es eso?
Leo abrió los ojos, concentrándose. La vibración tenía un patrón, un ritmo. Como...
—Un motor —susurró—. Es un motor.
Se tambalearon hacia la entrada del tubo. Afuera, la oscuridad era absoluta, pero en la distancia, Leo pudo ver algo: luces. Dos, cuatro, seis puntos de luz moviéndose hacia ellos.
—Vienen —dijo Currey, y había algo en su voz que Leo nunca había escuchado antes. Alivio. Puro alivio—. Vinieron por nosotros.
Leo se dejó caer de rodillas. Su oxígeno marcaba 2%. Su visión empezaba a nublarse en los bordes. Pero las luces seguían acercándose.
—Señor Gomez. —La voz de Currey sonaba lejana—. Aguante. Ya casi llegan.
—Estoy... estoy tratando...
Y entonces todo se volvió negro.
Epílogo
Leo despertó en la enfermería de la estación, con todas las luces del techo pareciendo una supernova directa en sus ojos. Parpadeó, gimió, y trató de incorporarse.
—Oh no, ni lo pienses. —Continuar13:46Una mano lo empujó suavemente de vuelta a la cama. Molly—. Te quedas ahí por lo menos las próximas veinticuatro horas.
—¿Qué...? —La voz de Leo salió ronca, como si hubiera estado gritando—. ¿Qué pasó?
—Te quedaste sin oxígeno, eso pasó. —Molly se veía furiosa y aliviada al mismo tiempo—. Tu tanque llegó a cero. Cero, Leo. ¿Tienes idea de...? —Se detuvo, respiró profundo—. El equipo SAR-L los encontró justo a tiempo. A ti con tus últimas gotas de aire y a Currey con apenas un poco más.
Leo procesó esto lentamente. SAR-L. El equipo de rescate. Habían venido.
—¿Currey?
—Está en la cama de al lado. —Molly señaló hacia el otro lado de la habitación, donde una cortina separaba dos secciones—. Hipotermia leve, exposición a radiación, agotamiento extremo. Igual que tú. Pero va a estar bien.
—¿Y el drone? —Leo recordó de repente—. ¿Captaron la señal?
Molly sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
—Yo la capté. Estaba monitoreando todas las frecuencias de emergencia cuando empezaste a retrasarte. Cuando vi la señal desde C12... —Sacudió la cabeza—. Activé el protocolo SAR-L inmediatamente. Desplegaron un Meitner en quince minutos.
—Gracias a Dios que eres paranoica.
—Gracias a Dios que soy tu amiga. —Molly se inclinó y le dio un golpecito en la cabeza—. Idiota. Me tenías muerta de miedo.
—Lo siento.
—Deberías. —Hizo una pausa—. Pero me alegro de que estés vivo.
Leo cerró los ojos, sintiendo finalmente el peso del agotamiento.
—Yo también.
Se durmió, y esta vez sus sueños fueron de túneles de basalto y cámaras enormes esperando ser exploradas.
Una semana después, Leo estaba de vuelta en su laboratorio, revisando los datos del drone grande que finalmente habían recuperado después del ciclo nocturno. Las mediciones de C16 eran exactamente lo que esperaban: un tubo de lava estándar, útil pero no excepcional.
Pero C12... C12 era otra historia.
Había pasado los últimos tres días procesando las lecturas de su traje, los datos de posición, todo lo que había capturado durante esos breves momentos en la cámara. Y cada cálculo, cada proyección, confirmaba lo que ya sabía.
C12 no era solo grande. Era gigantesco. Potencialmente el tubo de lava más grande jamás mapeado en la Luna.
Llamaron a la puerta de su laboratorio. Leo levantó la vista y vio a Currey en el umbral, todavía con el aspecto de alguien que había pasado por un infierno pero sobrevivido para contarlo.
—¿Interrumpo?
—No, para nada. —Leo señaló una silla—. Adelante.
Currey entró y se sentó, moviéndose con la rigidez de alguien cuyos músculos todavía no habían olvidado la tortura.
—¿Cómo está? —preguntó Leo.
—Vivo. Aunque mi fisioterapeuta dice que probablemente me odiará por los próximos tres meses. —Currey hizo una pausa—. ¿Y usted?
—Igual. Aunque mi fisioterapeuta es más simpática. —Leo giró su pantalla para que Currey pudiera ver—. Mire esto.
Los ojos de Currey se movieron sobre los datos, las proyecciones, los números.
—¿Qué es?
—C12. —Leo no pudo evitar que su voz sonara emocionada—. Es enorme, Currey. Más grande de lo que pensé inicialmente. Las proyecciones preliminares sugieren que el sistema de túneles podría extenderse por... —tragó saliva— ...hasta cincuenta kilómetros cuadrados de espacio habitable.
Currey se quedó callado, mirando los números.
—Eso es...
—Suficiente para un asentamiento de cincuenta mil personas. Tal vez más. —Leo se reclinó en su silla—. Estoy presentando los hallazgos a la OICE la próxima semana. Si aprueban la exploración adicional...
—Va a cambiar todo. —Currey terminó la frase.
—Sí. —Leo lo miró—. Y quiero que algo lleve su nombre.
—¿Qué?
—El tubo. El sistema de cámaras. —Leo señaló la pantalla—. Estoy proponiéndolo oficialmente como Copernicus-Currey. En honor al hombre que me mantuvo vivo el tiempo suficiente para encontrarlo.
Currey abrió la boca, la cerró. Por primera vez desde que Leo lo conocía, el hombre parecía genuinamente sin palabras.
—No tiene que...
—Quiero hacerlo. —Leo sonrió—. Además, suena mejor que "el tubo donde casi morimos".
A pesar de sí mismo, Currey se rió.
—Supongo que sí.
Se quedaron en silencio por un momento. Luego:
—¿Va a continuar en la estación? —preguntó Leo—. ¿O va a solicitar un traslado después de... ya sabe, todo esto?
Currey consideró la pregunta.
—Solicité un traslado. Pero no de regreso a la Tierra.
—¿A dónde entonces?
—Weldon. —Currey lo miró—. Están desarrollando nuevos protocolos de rescate, mejores sistemas para operaciones en superficie. Después de lo que pasó... quiero ser parte de eso. Quiero asegurarme de que la próxima vez que alguien se quede varado, tengan mejores opciones que nosotros.
Leo asintió lentamente. Tenía sentido. Era muy Currey, en realidad.
—¿Cuándo se va?
— El traslado esta previsto para realizarse en 10 ciclos. —Currey se levantó—. Pero antes de eso, creo que me debe una cena. ¿No era ese el trato?
Leo parpadeó, luego recordó. La broma que le había hecho a Molly antes de salir.
—¿Quiere cobrar esa deuda?
—Hey, sobreviví una experiencia cercana a la muerte con usted. Me gané esa cena.
—Justo. —Leo se levantó también—. ¿Qué tal el viernes?
—Perfecto.
Currey se dio vuelta para irse, pero se detuvo en la puerta.
—Gomez.
—¿Sí?
—Gracias. Por... ya sabe. Por no rendirse.
Leo sonrió.
—Usted tampoco, señor Currey. Usted tampoco.
Seis días después, Leo estaba de pie en la entrada de lo que ahora se llamaba oficialmente el Sistema de Túneles Copernicus-Currey, viendo a los primeros equipos de exploración prepararse para el mapeo completo.
Molly estaba a su lado, revisando equipos y dando órdenes a los técnicos.
—¿Nervioso? —preguntó sin mirarlo.
—Un poco. —Leo admitió—. Es extraño verlo convertirse en... esto.
—Esto es lo que querías, ¿no? Algo que importara.
—Sí. —Leo miró las luces de los equipos moviéndose en la oscuridad del tubo—. Sí, supongo que sí.
—Escuché que Currey está haciendo grandes cosas en Weldon. —Molly finalmente lo miró—. Nuevos protocolos de rescate, mejor equipo. Al parecer está obsesionado con asegurarse de que nadie más pase por lo que ustedes pasaron.
—Es un buen hombre.
—Lo es. —Molly sonrió—. Ustedes dos hicieron un buen equipo.
—Casi nos mata a ambos.
—Pero no lo hizo. —Molly le dio un codazo suave—. Y ahora mira. Un descubrimiento que va a cambiar el futuro de la colonización lunar. No está mal para un "gordo científico perezoso".
Leo se rió, recordando las palabras de Currey.
—No está mal en absoluto.
Se quedaron ahí un momento más, viendo las luces adentrarse en el tubo. Luego Leo se dio vuelta para irse.
—¿A dónde vas? —preguntó Molly.
—Tengo trabajo. —Leo señaló hacia su laboratorio—. Las muestras de C16 no se van a analizar solas.
—Eres imposible.
—Es lo que me hace encantador.
Mientras caminaba de regreso, Leo pensó en todo lo que había pasado. La pérdida del rover. La carrera contra la sombra. El tubo de lava. Currey. Y se dio cuenta de que, a pesar de todo el terror, a pesar de haber estado tan cerca de la muerte...
No cambiaría nada.
Porque había encontrado algo más que un tubo de lava ese día en C12. Había encontrado su límite, lo había empujado, y había sobrevivido. Había encontrado que incluso cuando su mente le decía que se rindiera, su cuerpo podía seguir. Había encontrado que no estaba solo, incluso en medio del vacío más absoluto.
Y había encontrado que todavía había maravillas esperando ser descubiertas, incluso en un lugar tan muerto y desolado como la Luna.
Sonrió para sí mismo y siguió caminando.
Después de todo, tenía trabajo que hacer.
Y esta vez, sabía exactamente lo que importaba.